El olor de las galletas
El olor de las galletas
A veces recuerdo con cierta nostalgia cómo aprendíamos antes cosas tan sencillas como cocinar. Las recetas estaban en libros o revistas, algunas con fotografías a color y otras en blanco y negro. Había que tener cierta habilidad para elegir la correcta y confiar en que el recetario no tuviera errores, porque de lo contrario el resultado podía ser desastroso. Si no, pregúntenles a mis hermanos sobre mis famosos “brownies roca”.
Lo mejor no eran los libros. Lo mejor eran esas recetas que algún miembro de la familia decidía compartir contigo.
Era todo un ritual.
Había que llegar con lápiz y papel porque las instrucciones nunca eran exactas. Había que descifrar qué significaba “un puñito”, “al cálculo” o “cuando veas que hace chup chup le apagas”. Aquellas recetas que la persona de mayor jerarquía culinaria de la familia te confiaba eran mucho más que una lista de ingredientes. Eran una historia, un regalo y una forma mágica de decir, ahora esto te es confiado a ti, perteneces a esta familia.
Hoy todo es mucho más sencillo. Podemos preguntarle a una inteligencia artificial cómo preparar unas crêpes Suzette o unos pasteles de Belém y, en segundos, obtenemos una receta extraordinaria. Sin duda, la tecnología nos ha facilitado muchas cosas.
Hay algo que no se puede remplazar.
Hace algún tiempo mi hija me dijo algo que me hizo reflexionar.
—Mamá, mi parte favorita de la Navidad era cuando hacíamos galletas juntas, Eran las mejores Navidades.
La miré sorprendida.
—¿Cómo que hacíamos galletas?
—Sí. Cuando preparábamos las casitas de Navidad y los muñecos de jengibre. Toda la casa olía a galletas, eran mis Navidades favoritas.
Confieso que me dejó sin palabras.
Yo recordaba esas tardes de una manera completamente distinta.
Pasaba horas preparando la masa, horneando y decorando. Ella llegaba, amasaba dos segundos y se iba a jugar. Regresaba a cortar un par de galletas, desaparecía otra vez, volvía a comer galletas y listo a seguir jugando.
Durante años pensé que las galletas habían sido lo menos importante para ella y yo, estaba completamente equivocada. Lo que quedo en su memoria fue toda la experiencia vivida, el olor que llenaba la casa, las risas, la decoración, sentirse segura, feliz y muy amada.
Aunque solo amasara unos minutos, estaba horneando junto a su mamá, era parte activa de su clan, de su tribu, de su familia.
Comprendí algo que nunca había pensado con tanta profundidad. Cocinando juntas no preparábamos solo comida, construíamos recuerdos, conexión y un profundo sentido de pertenencia tan importante para un pequeño en desarrollo.
Quizá por eso las recetas de nuestros padres y abuelos tienen tanto significado. No solo recordamos el sabor. Recordamos la voz que nos enseñó, las manos que cocinaban a nuestro lado y el lugar al que pertenecíamos. Estos pequeños rituales familiares hacen mucho más de lo que imaginamos.
El olfato tiene una conexión directa con el sistema límbico, un conjunto de estructuras cerebrales relacionadas con la memoria, las emociones y el aprendizaje. A diferencia de otros sentidos, los olores llegan muy rápidamente a regiones como la amígdala y el hipocampo, por eso un aroma puede transportarnos, en cuestión de segundos, a un momento específico de nuestra infancia o hacernos recordar a una persona que amamos. No es casualidad que muchas de nuestras memorias más profundas estén acompañadas por un olor, unas galletas recién horneadas, un guiso de la abuela, un pan recién salido del horno o el perfume de alguien querido.
La conexión y el sentido de pertenencia no nacen de los grandes acontecimientos. Se construyen en la repetición de pequeños momentos compartidos. Esto es tan valioso y fácil de integrar en el día a día, sin grandes inversiones. Cuando un niño ayuda a cocinar, pone la mesa, riega una planta, prepara una receta familiar o escucha un cuento antes de dormir, no solo está realizando una actividad cotidiana. Está recibiendo un mensaje silencioso y poderoso “Aquí perteneces, eres importante para nosotros, eres amado, este es tu hogar”
Creamos en el día a día un banco de experiencias positivas en el corazón de nuestros hijos que se convierten en recuerdos seguros a los que podrán volver una y otra vez a lo largo de su vida. El sentido de pertenencia no se proyectará como una carencia, estará blindado con puro amor.
Esta es una de nuestras mayores responsabilidades y un enorme privilegio, crear momentos cotidianos que construyan en nuestros pequeños el amor, la conexión y la pertenencia.
Es fácil crear esos momentos con nuestros hijos cuando sabemos la profundidad que cada experiencia les regala.
Patricia Gimenez, M.Ed.
Para seguir explorando:
- Ahn, J., Kim, H., & Kim, K. (2014). The influence of olfactory cues on autobiographical memory retrieval. Frontiers in Psychology.
- Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books.
- Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton & Company.
- Shanker, S. (2016). Self-Reg: How to Help Your Child (and You) Break the Stress Cycle and Successfully Engage with Life. Penguin Random House.
- Siegel, D. J. (2020). The Developing Mind (3.ª ed.). Guilford Press.
