Las Olimpiadas de Invierno

Las mañanas invernales en Black Mountain son impredecibles. Puedes irte a dormir con un frío normal y despertar con la casa completamente nevada. O puedes acostarte viendo todo blanco y levantarte sin un solo copo de nieve. La vida en la montaña siempre tiene algo de sorpresa.

—Buenos días, queridos alumnos. ¿Cómo están?

—Bien, Ms. Patricia… pero no hubo nieve.

—No hay nieve, pero ya empezaron las competencias de patinaje de las Olimpiadas de Invierno.

Todos me miraron con cara de: ¿De qué está hablando la maestra?

De mis veinte alumnos, solamente una niña sabía qué eran las Olimpiadas de Invierno.

Aproveché esa preciosa oportunidad para platicarles sobre ellas y, no solo eso, vimos algunas competencias en la pantalla del salón.

No hay experiencia inútil. Nada en esta vida es inútil. Todo puede regalarnos experiencias y con ellas, grandes aprendizajes.

Las Olimpiadas pueden estar encendidas en la televisión de casa o aparecer en una pantalla cualquiera, pero nunca será igual verlas en silencio que compartirlas mediante un diálogo lleno de preguntas y respuestas. Es precisamente en ese intercambio donde descubrimos cómo piensan nuestros hijos o nuestros alumnos y donde podemos invitarlos a ir un poquito más allá de la primera respuesta.

Por ejemplo, mientras observábamos el patinaje artístico individual y en pareja, les pregunté:

—¿Qué será más fácil: patinar solo o acompañado?

—Solo, porque así puedes ir más rápido.

—Acompañado, para que te carguen en las piruetas.

Después pregunté:

—¿Quién les habrá hecho esos trajes tan brillantes?

—Sus mamás, seguro.

—Los compraron en una tienda.

Cuando terminó la competencia les comenté:

—Miren qué cansados se ven los dos patinadores. Pero si todo parecía tan fácil, ¿no creen?

—Bueno… es que se cansan.

—Necesitan tomar agua.

Son preguntas muy normales para su edad. Sin embargo, basta con elevar un poco el nivel de la conversación para abrir nuevas puertas.

Entonces continué:

—¿Cómo harán para levantar a la chica con una sola mano? ¿Creen que ella pesa poco o habrá algo más detrás de ese movimiento?

A partir de ahí comenzaron a surgir muchas más preguntas, y ahora sí estaban verdaderamente interesados en encontrar respuestas.

¿Cómo entrena un patinador?

¿Cómo elige a su compañero o compañera?

¿De qué país son?

¿Quién ganó el año pasado?

¿Qué pasa si una pareja se enoja durante una competencia?

¿Qué hace exactamente un entrenador?

¿Será igual un entrenador de fútbol que uno de patinaje?

¿Qué diferencia existe entre unos patines de hielo y unos patines tradicionales?

¿Alguien ha patinado sobre hielo?

¿Qué otros deportes existen en invierno?

Fuimos descubriendo tantos como nos dio tiempo. Sus favoritos fueron el descenso en trineo y las carreras de patinaje.

Entonces llegó una de mis partes favoritas.

—¿Saben lo que son las neuronas espejo?

Les expliqué que existen neuronas en nuestro cerebro que se activan cuando observamos una acción. Aunque nuestro cuerpo permanezca sentado, nuestro cerebro “ensaya” el movimiento. De alguna manera, mientras ellos miraban a los patinadores, una parte de su cerebro también estaba aprendiendo.

Responder todas esas preguntas requirió investigar juntos. Buscamos información, vimos pequeños documentales sobre algunos patinadores y conocimos parte del camino que recorrieron antes de ganar una medalla.

Sin darse cuenta, también aprendieron mucho más que un deporte. Aprendieron que el trabajo en equipo requiere confianza. Detrás de unos pocos minutos de competencia existen años de entrenamiento. Los errores forman parte del aprendizaje y cuando alguien cae, muchas veces debe levantarse de inmediato para continuar. El esfuerzo casi nunca se ve desde fuera.

Aquella mañana, sus neuronas se revolucionaron gracias a un solo comentario.Una situación cotidiana nos permitió despertar la curiosidad, hacer preguntas, investigar, reflexionar y aprender juntos. Eso es justamente el aprendizaje significativo: cuando un tema nuevo logra conectarse con algo que el niño está viviendo, observando o sintiendo en ese momento.

Como adultos, no siempre tenemos tiempo para convertir cada momento en una gran lección, no se trata de dar largas explicaciones todos los días. Se trata de aprender a reconocer las oportunidades que la vida nos regala. Una canción en la radio, una noticia o una competencia deportiva pueden convertirse en el inicio de una conversación extraordinaria.

Esta interacción con nuestros pequeños va construyendo y fortaleciendo nuestra conexión con ellos. Cada momento de curiosidad fortalece el vínculo entre padres e hijos o entre maestros y alumnos. Los niños no solo recuerdan lo que aprendieron, recuerdan cómo se sintieron mientras aprendían.

Esas conversaciones forman un banco de experiencias positivas que vale la pena llenar todos los días, con el tiempo, fortalecen la confianza, la comunicación y el deseo de seguir descubriendo el mundo juntos.

Patricia Gimenez, M.Ed.

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