El día que conocimos a Memo
El día que conocimos a Memo
El primer día de clases siempre está lleno de emoción. Esperábamos la llegada de nuestros alumnos con ilusión. El salón estaba listo, los materiales preparados y nosotras deseando conocer al nuevo grupo.
Pero había un niño al que esperábamos de una manera diferente.
Memo.
Venía de otro colegio y, antes de conocerlo, ya conocíamos su historia.
Nos habían contado que mordía y pegaba a sus compañeros, que lloraba y gritaba con frecuencia, que no respetaba las reglas y que era un niño muy agresivo. También sabíamos que era hijo único y que sus padres estaban atravesando un proceso de divorcio.
Mi asistente y yo, sin darnos cuenta, empezamos a imaginarnos a Memo.
Nos imaginábamos un niño grande, fuerte, con una expresión dura y dispuesto a pelear con cualquiera.
Los niños comenzaron a llegar uno a uno. Los saludábamos con una sonrisa y los invitábamos a elegir un centro donde jugar y explorar mientras llegaban sus compañeros.
De repente se abrió la puerta.
Nos volteamos a ver.
—¿Él es Memo?
No pudimos evitar sonreír.
Frente a nosotras había un niño delgado, pequeñito, con unos ojos hermosos y una expresión increíblemente tierna.
Lo abrazamos, le dimos la bienvenida y comenzamos nuestro primer día juntos.
Ese momento me enseñó una lección que nunca he olvidado.
Muchas veces conocemos la conducta de un niño antes de conocer al niño.
Y no son lo mismo.
Conforme pasaban los días descubrimos que gran parte de lo que nos habían contado era cierto.
A Memo le costaba seguir la rutina del salón, respetar algunas reglas, esperar turnos y tolerar la frustración cuando las cosas no ocurrían como él esperaba.
Pero nuestro objetivo nunca fue corregir a Memo.
Nuestro objetivo era enseñarle.
Sabíamos que todos los niños necesitan tiempo para adaptarse. Durante las primeras semanas acompañábamos a todo el grupo a conocer la rutina, las maestras, los centros de aprendizaje, los materiales y las reglas de convivencia.
No eran reglas para controlar a los niños.
Eran oportunidades para desarrollar habilidades que todavía estaban aprendiendo.
Cada mañana, después del círculo, elegíamos al azar el nombre de un alumno.
—¿A qué centro quieres ir hoy?
Cada centro tenía un número limitado de lugares. Tarde o temprano todos los niños se enfrentaban a una pequeña frustración.
—Ese centro ya está lleno. ¿Hay otro que quieras explorar hoy?
Los niños aprendían poco a poco que siempre había otra posibilidad.
No era una habilidad con la que nacieran.
Era una habilidad que practicábamos todos los días.
Esperamos hasta sentir que Memo estaba preparado para vivir esa experiencia.
Llegó su turno.
—Quiero ir al centro de construcción.
Revisamos juntos.
No había lugar.
—Memo, ese centro ya está completo. ¿Qué otro te gustaría visitar?
—Pero yo quiero ese.
—Ven, vamos a comprobarlo.
Cada niño colocaba su nombre a la entrada del centro para indicar que estaba ocupado.
Lo miró.
Era verdad.
No había espacio.
—¿Qué te parece el centro de disfraces?
—No quiero.
—¿Y si voy contigo?
Me miró unos segundos.
—Está bien.
Entramos juntos.
Yo empecé a jugar con otros dos niños sin insistir en que él participara. Poco a poco se fue acercando. Después comenzó a jugar con nosotros.
Sin darse cuenta, había logrado atravesar una situación que unos meses antes probablemente habría terminado en una gran crisis.
Así fuimos avanzando.
Había días muy buenos y otros más difíciles.
Como cualquier niño, a veces estaba cansado, enfermo o simplemente tenía un mal día.
Cuando lloraba o gritaba, entendíamos que todavía estaba aprendiendo a expresar lo que sentía.
Desde el principio le enseñamos que sus manos no eran para pegar.
Sus manos podían construir, crear, ayudar, abrazar y jugar.
Cuando alguna situación lo sobrepasaba, caminábamos juntos al Centro de la Calma. Allí utilizábamos distintos materiales hasta que recuperaba la tranquilidad. Después elegía otro centro y regresaba a jugar.
Sin castigos.
Sin etiquetas.
Solo aprendiendo.
Con el paso de los meses comenzó a sentirse parte del grupo.
Sus compañeros también empezaron a conocerlo más allá de sus momentos difíciles.
Él descubrió nuevas maneras de hacer amigos.
Nunca olvidaré un día en el centro de patinaje.
Memo quería que todos jugaran exactamente como él decía.
Sus amigos no quisieron.
Se enojó.
Lloró.
Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me emociona.
Sin que nadie se lo pidiera, caminó solo hasta el Centro de la Calma.
Se dejó caer sobre el sillón.
Permaneció allí apenas un minuto.
Respiró.
Se limpió las lágrimas.
Se levantó.
Regresó con los mismos niños y les preguntó:
—¿Puedo jugar con ustedes?
—¡Sí! Tú puedes ser el que cobra.
Su cara cambió por completo.
Ese día no celebré que hubiera dejado de llorar.
Celebré algo mucho más importante.
Memo había aprendido que una emoción intensa no tenía por qué terminar una amistad.
Había descubierto que podía detenerse, recuperar la calma y volver a intentarlo.
Quizá eso era lo que había necesitado desde el principio.
No un niño al que corregir.
Sino un niño al que enseñar.
Un niño al que acompañar.
Un niño al que ayudar a sentirse parte de un grupo.
Porque cuando un niño se siente aceptado, querido y seguro, empieza a desarrollar las habilidades que le permitirán construir relaciones sanas durante toda la vida.
A veces, detrás de una conducta desafiante, no hay un niño que quiera portarse mal.
Hay un niño que todavía está aprendiendo cómo hacerlo mejor.
Patricia Giménez, M.Ed.
Para proteger la privacidad de los niños y sus familias, algunos nombres y detalles han sido modificados. Las experiencias compartidas son reales y se publican con el propósito de reflexionar sobre el desarrollo infantil y el acompañamiento respetuoso.
